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lunes, 19 de marzo de 2012

SALONES DE MASAJE (PARTE FINAL)  

CAPITULO 10
Los salones de masajes se ubican en el nivel socioeconómico medio-bajo y medio-medio. La mayoría de estos salones están administrados por mujeres que a la vez son o han sido prostitutas del local o de otros locales, es como una especie de escalafón, como un ascenso por meritocracia.

En algunos casos hay un solo dueño para una cadena de salones de masajes (algo así como los supermercados Metro, Wong, Totus), la prueba de ello es que algunos de los vigilantes o "campanas" rotaban de un local a otro y al preguntárseles por ello, manifestaban que eran del mismo dueño. Y los rotan, como norma estratégica, para que no se involucren – afectiva ni sexualmente - con las mujeres del local. 

En los salones de masajes de nivel medio-medio, los cuartos son medianamente amplios y de concreto, presentan una mayor higiene y los colchones son limpios al igual que las sábanas, cuentan con una sala de espera para la espera ansiosa de los “parroquianos”.



En estos locales se trabaja aproximadamente 12 horas diarias, los turnos de trabajo son 9 ó 10 de la mañana a 9 ó 10 de la noche.  Las trabajadoras de estos locales comparten entre 8 y 10 horas diarias lo cual lleva a asimilar conductas inadecuadas y perjudiciales de salud de manera casi general.  En sus controles médicos, como producto de las intervenciones educativas nocturnas, la mayoría evidenciaba problemas de salud como vaginosis bacteriana o candidiasis. El uso de cremas antimicóticas, por ejemplo, como medio de lubricación para la relación sexual era general.

El cierre de estos locales por parte de las Municipalidades fue otra de las dificultades que pudimos comprobar. Recordemos que en los años 1993 y 1994, la Municipalidad de Lima realizó una campaña sistemática de cierre de estos locales, supuestamente como medio de captación de votos y una limpieza general de la ciudad de los supuestos personajes “lastres” que invaden el centro histórico de Lima.  No vamos ahondar sobre esta política, sólo señalaremos que afrontar un problema tan profundo, que coge todas las ramas de la ciencias sociales y médicas, y confrontarlo desde la exclusiva óptica de la moral y la ley es un tremendo error que no hace otra cosa que ahondar más el problema en lugar de solucionarlo.  El cierre de estos locales generó que las prostitutas de esos locales se fueran a trabajar a los locales que aún quedaban abiertos – y que no iban a ser cerrados porque la ley no es equitativa para todos, eran salones que tenían su “ángel protector” (policías, jueces, personajes influyentes que impedían el cierre de estos locales) - lo que ocasionó su hacinamiento.  La competitividad entre ellas aumentó considerablemente así es que tuvieron que recurrir a excentricidades sexuales y a la desprotección, es decir, al no uso del condón, lo que fue plenamente aceptado por los apostadores clientes que arriesgaban, en un intercambio de caricias y placeres, un futuro con VIH y Sida. 

Esta peculiar medida de control de la prostitución nos llevaba a encontrar en horas de la noche particulares escenas algo chocantes, como ver locales sin puertas y en su lugar ladrillos y cemento que la tapiaban; en otras ocasiones no sólo no habían puertas, sino que su interior estaba derruido: baños, lunas, ventanas, corte de agua e instalaciones eléctricas deterioradas, fumones consumiendo drogas, sexo explícito entre personajes convertidos en sombras envueltos de humo, sudor y mugredad. Los ojos sufren a veces con tan magro espectáculo…

El abordaje educativo consistió en acudir a dichos salones de masajes en horas donde la afluencia de clientes era baja para permitir una comunicación más directa, específica y donde la atención sobre los mensajes transmitidos fuese la más adecuada.   Se usó el mismo sistema que el usado con las prostitutas callejeras, un miembro del equipo de salud indagaba sobre inquietudes y necesidades de ellas y daba la información correcta, otros repartían los folletos, condones, café, galletas y se realizaba el censo del local.

En el nivel medio-medio pudimos encontrar clientes de buen vestir y con características físicas y culturales diferentes, no presenciaban la charla educativa dirigida a las trabajadoras del local a diferencia de otros lugares donde el cliente se muestra interesado y se convierte en un participante más.  Las mujeres de estos locales expresaban una actitud menos seria y formal llegando incluso a darse algunas bromas o "coquetear" con el personal de salud. Sin embargo, finalmente, terminaban interesándose por la temática expuesta. Pero no sólo era por la información, sino por el trato respetuoso que les dábamos. “No se separen tan pronto de nosotras”, nos decían, como un ruego silencioso.  Estancadas en un molde, solitarias como el águila ante el sol, navegantes en los sueños de los clientes, mientras ellas despiertan con pesadillas, así estaban ellas por esos días, hace más de 15 años. ¿Qué será de sus vidas hoy?  No lo sé… y puede que prefiera no saberlo.  Si bien muchas veces no se debe permitir que lo vivido se cambie por el olvido, toda regla tiene sus excepciones. Y esta es una de ellas.

ALVARO GARCIA CORODVA




lunes, 19 de diciembre de 2011

SALON DE MASAJES: "Entra y ve sin compromiso"

El sistema de funcionamiento de esta modalidad consiste en un grupo de entre 8 a 20 prostitutas que trabajan, mayoritariamente, en locales de tiendas comerciales, oficinas de edificios o casonas antiguas. Dichos salones de masajes son administrados por una persona que se encarga de cobrar a los clientes y entregar a cambio un ticket.  El ingreso no es gratuito, salvo en algunos locales. Se les puede reconocer fácilmente porque están protegidos por resistentes puertas metálicas y en la puerta un sujeto que se encarga de marquetear a las chicas que trabajan con originales frases: “chicas de estreno”, “entra y ve sin compromiso”, “jovencitas como se quiere”.

Otra característica de esta modalidad es la alternativa de utilizar a individuos para que vigilen el ingreso de las personas o alerten la llegada de la policía. A estos individuos se les llama "campanas".  Normalmente funcionan 12 horas al día, de 9 ó 10 de la mañana hasta las 9 ó 10 de la noche, de lunes a domingo. Es común apreciar a los “campanas” trabajar en un local por unos meses y al poco tiempo en otro de propiedad del mismo dueño.  Esto tiene como objetivo evitar que este individuo, especie de matón y boletero de cine, se involucre afectivamente con alguna de las trabajadoras del local.  Definitivamente, todo acto que pueda interferir con el fin lucrativo es desarticulado por el dueño.
    
La tarifa por los servicios sexuales en esta modalidad varía según la ubicación del local. En los salones de masajes más exclusivos y discretos puede costar entre 35 y 45 nuevos soles como es el caso de los salones ubicados en San Isidro. En la calle Martín Murúa de San Miguel el costo puede oscilar entre los 25 y 35 nuevos soles. El precio del servicio tiene relación con la juventud y apariencia física de la parte ofertante. 

Muchos individuos se aprecian de conocerlas por el sólo hecho de verlas en calles y parques. Quienes se acercan más a ellas tienen la posibilidad de verlas en un ambiente más íntimo en la búsqueda de la realización de una fantasía sexual o acaso una aventura de amor.  Es curioso pero muchos de los clientes imaginan con su mente y con su sexo a los salones de masajes como si fueran paraísos del erotismo. Esto constituye la única forma de soportar los tétricos salones para negarle a sus ojos una realidad dura y miserable como la que ofrece, por ejemplo, La Bella Durmiente, una especie de cloaca con olor a semen, ubicado en la concurrida avenida Bolívar, en el distrito de La Victoria, muy cerca de La Parada. La Bella Durmiente es una especie de casa “Matusita”, pero sin fantasmas imaginarios, es la antítesis del cautiverio sexual con sus veredas invadidas por ambulantes, cerros de basura a su alrededor, una fachada muy llamativa y sugerente de color fucsia que contrasta con el tono plomizo de su entorno, una puerta negra de metal como los sentires de los parroquianos: fríos y oscuros. 

Su pasadizo es oscuro por el azul marino de sus paredes. Hay un trajinar continuo de hombres cuyas edades no existen en sus rostros y sólo existe la necesidad dibujada o la satisfacción conseguida. Se escucha el famoso “al fondo a la derecha”, donde parroquianos apresurados caminan en busca de su presa.  A unos pocos pasos golpea a nuestros ojos el brillo del color rojo de las paredes que enmarcan a un grupo de mujeres insinuantes y provocadoras – algunas vulgares y descaradas, otras tímidas y temerosas -, pero todas compitiendo por la preferencia de su devoto cliente; todas de pie y dispersas en el cuadrado salón adornado burdamente por espejos, que al final no reflejan nada real.

“Dime qué quieres papito…yo te lo hago”, “ven conmigo, no te vas arrepentir”, se escucha como tonaditas melodiosas, mientras los hombres con indiscretas miradas las observan de cerca una y otra vez, esbozando una sonrisa perturbada. Cuando una le interesa la pregunta típica es “¿cuánto cobras?”, “¿cómo es?”, “¿qué haces?”. Una vez realizado el trato, ella por delante y él detrás, pagan el ticket respectivo al administrador para ingresar a uno de los cuartos o rincones – difícil dar un nombre a tan repugnante lugar – del local.  Si el cliente tiene suerte le tocará con puerta y si no, sólo una cortina de plástico estampada con flores o con colores chillones, que impidan la visibilidad, será su única barrera de intimidad.

El lugar está sazonado con olor a semen y perfume barato. Las paredes marcadas con nombres, fechas, corazones. Una cama dura, cubierta con plástico y algunas veces con sábanas que la mujer lleva y las tiende cada vez que atiende a su cliente de turno. La luz varía de acuerdo a la hora, puede ser la luz del día o la luz que proviene de los focos oscuros o recubiertos de papel celofán. Después llega el tiempo, el tiempo de la fantasía apurada, 9 minutos para poder vaciar sus sueños. Al minuto 10 el cliente ya fue, es despedido con un sonoro “chau papito, vuelve”. Con la satisfacción en la cara se aleja camino a la calle, muy despierto y tal vez pensando en su próxima fantasía. Estos clientes nos recuerdan la crisis social del país, son clientes de figura provinciana empobrecida, con ropas sudorosas, ambulantes, cargadores, carretilleros.         

ALVARO GARCIA CORDOVA

miércoles, 30 de noviembre de 2011

SALÓN DE MASAJES: DE LOS MASAJES AL INTERCAMBIO SEXUAL

Los salones de masajes se remontan a los finales de los años setenta e inicios de los ochenta. Durante este tiempo estos locales se dedicaban literalmente a lo que su nombre indica: dar masajes exclusivamente a caballeros.  Esta modalidad empezó con muchos bríos y tuvo un creciente auge en distritos como Miraflores y el centro de Lima en donde se convirtió en una moda creciente, y donde banqueros, hombres de negocios y caballeros estresados iban para buscar momentos de relax.

Años más tarde estos salones fueron girando su rumbo. Los dueños de los mismos le fueron dando otro matiz que involucraba destrezas referidas a brindar placeres más carnales; que si bien relajaban ya no eran tan asexuados.  Se da origen, entonces, al famoso “manual vital” donde el cliente no sólo recibía complacientes masajes con talco o crema, sino que de “yapa” recibía de la anfitriona de turno una relajante masturbación. 

Esta modalidad empezó a tener indudablemente más apogeo que su original antecesor porque constituía una forma solapada y de aceptabilidad social de poder tener encuentros sexuales con una prostituta o “anfitriona”, y no la penosa imagen de acudir a un prostíbulo. En estos salones de masajes la anfitriona recibía el 20% de la ganancia por el masaje, mientras que por el servicio sexual recibía la totalidad del dinero. Las habitaciones donde se daba este servicio eran grandes, íntimas y, según algunas referencias de mujeres que trabajaron en esa época, eran como habitaciones de hostales, con baño incluido.  A los finales de los ochenta e inicios de los noventa se dio inicio a lo que hoy caracteriza un salón o centro de masajes: dejar de brindar masajes y ofertar un explícito intercambio sexual. 

Por ello existe una gran diferencia entre aquellas mujeres de los ochenta con las actuales. Mientras las mujeres de ayer se relacionaban con otro tipo de gente, la totalidad del costo del servicio era para ellas y laboraban en lugares limpios; las mujeres de los salones de masajes de hoy en día pasan noches solitarias en casas vacías, invadidas de penas, fragmentadas de dolor. Tienen la certidumbre de que un golpe de suerte cambiará su vida: que un príncipe azul que las saque milagrosamente de allí, como una especie de lotería donde ese día ganó el premio mayor.

Al repasar las historias de vida de estas mujeres encontramos al cinismo disfrazado de humanidad: un padre alcohólico y/o abusador, una madre impávida y cómplice, hermanos anodinos, un truhán por enamorado rodeando sus vidas. En esta gran cofradía del fracaso han tenido que sobrevivir de cualquier manera, pero la disposición de brindar afecto nunca se ha extraviado. Sin duda, es necesario equilibrar la tristeza con la esperanza, el dolor con la suavidad de una sábana límpida y la pesadilla transformada en sueño de paz.

ALVARO GARCIA CORDOVA